
El enigma de Los Pueblos del Mar aparece como referencia inevitable para explicar la terrible devastación que asoló Grecia, Asia Menor y Egipto, en una incontenible oleada destructora sin parangón en la Historia.
Antes de la caída de Troya, el mundo civilizado se mantenía en un equilibrio de centros de poder estabilizados. Grecia estaba dominada por los micénicos, Egipto era un estado fuerte y poderoso, Troya dominaba la costa occidental turca y los hititas el resto de la península turca y Siria. Pero a finales del siglo XIII AdC, ese estatus se vino abajo por causas que aún son un misterio, materia controvertida entre expertos e historiadores. Los griegos micénicos que habían destruido Troya fueron aplastados por una oleada invasora que borró todo resto de su civilización. Los fantásticos palacios fortificados micénicos de Tirinto y Micenas, y otros muchos, fueron asaltados y destruidos. La población se dispersó, los campos se abandonaron, extensas zonas se despoblaron. La escritura se perdió. Sólo la ciudadela micénica de Atenas, encaramada en la Acrópolis, resistió la destrucción. Todo lo demás fue asolado. Grecia se sumió en una Edad Oscura que habría de durar más de 400 años.
En esa misma época, Todo el Asia menor fue literalmente arrasada. Ugarit en Siria, Tarso en el sur de la costa turca, uno a uno todos los enclaves civilizados fueron destruidos. Egipto fue invadido y a duras penas consiguió rechazar a los asaltantes a un altísimo coste. El poderoso imperio Hitita también fue arrasado. Su capital, Hattusa, con sus soberbias fortificaciones que causaban asombro en el mundo entero, fue destruida y arrasada hasta los cimientos. La civilización sufrió un retroceso de siglos, condenando a florecientes culturas a volver a la Edad de Piedra.
La hipótesis más lógica sobre la procedencia y sentido de la aparición en la Historia de estos Pueblos del Mar, es que tras la caída de Troya se produjo un enorme caos en las costas del Asia Menor. Un caos que provocó el que emergentes civilizaciones se lanzaran a la piratería y el bandidaje como único medio de subsistencia. Eran pueblos navales, por lo que, con sus tierras destruidas por los diez años de guerra, el mar se convirtió en su nuevo hogar. Los ataques provocaron más ruina y caos, un efecto “bola de nieve” que se extendió a la civilización de los griegos micénicos, debilitándolos de tal modo que sucumbieron a la presión doria, con lo que nuevos contingentes de desesperados, los cuales nada tenían que perder, se unieron a la tempestad que todo lo aniquilaba. Tras destruir la costa turca y Siria, se dirigieron contra el imperio Hitita, al que no lograron destruir completamente, aunque tras estas incursiones quedó debilitado de tal forma que sus enemigos tradicionales pudieron lanzarse sobre él, despedazándolo. Ya sólo quedaba Egipto, que gracias a su enorme fortaleza pudo rechazar la destrucción, aun a costa de perder su grandeza definitivamente.
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