Entrevistas y reseñas


peripateticos

Reseña en Hislibris (04/05/2010)

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Reseña en Anika entre libros (20/04/2010)

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Entrevista en Hislibris (21/04/2010)

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Reseña y entrevista en La Biblioteca Imaginaria

(24/01/2010)

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Reseña en La Opinión de Málaga

(19/12/2009)


Homero y los reinos del mar

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El Minotauro, revista de libros

(págs. 16/19)

Homero y los reinos del mar. El autor se entrevista con El Minotauro.

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Presentación en Sevilla

26/11/2009

Intervención de José Manuel García Marín

HOMERO Y LOS REINOS DEL MAR

En una conferencia mía, de finales del año pasado, decía, con respecto a la novela histórica como género, que… «un precepto primordial del escritor es amenizar la historia, que no quiere decir faltar al rigor histórico, sino que es compromiso suyo entretener ¾ deleitar, si es posible¾ , a quien le lee, aproximándole porciones de realidad de otros períodos que, en sí mismas, no se hallan en los libros de texto, mediante la humanización de personajes, cimentada con diálogos, acciones y, quizá, individuos ficticios pero verosímiles, y la recreación de escenarios de la época. En definitiva, una atmósfera en la que el lector pueda respirar el «aire» de los tiempos; un marco circular en el que se encuentre inmerso, rodeado de ropajes, texturas, armas, sabores, olores, usos, costumbres y expresiones o giros del momento elegido; atrapado en sus cinco sentidos e inoculado de los sentimientos de las figuras de la novela, de la misma manera que la visión del «Guernica» o de «Los fusilamientos del 3 de mayo» nos contagian de su emoción. La sangre, las lágrimas, si se producen, han de salpicar al lector. Y es que el narrador es un pintor de escenarios cuya pincelada es la palabra. La palabra escogida, claro, porque su principal cometido, inexcusable, no se nos olvide, es hacer literatura». Con «Homero y los reinos del mar», publicada por la editorial VíaMagna, José Ferrer cumple a la perfección con cada uno de estos requisitos. Claro que esto es una constante en su obra que, por cierto, ha sido galardonada en numerosas ocasiones con importantes premios, entre los que hay que destacar: el Azorín, en 1989, el premio Café Gijón, en 1993 o el de la Fundación Alfonso XIII, en 1995. Narrador, novelista, articulista… Ha sido columnista del periódico Ideal de Granada durante más de diez años, así como también de La Opinión de Granada, hasta su cierre. Es miembro de Número de la Academia de Buenas Letras de Granada.

«Homero y los reinos del mar», a grandes rasgos, es un viaje en medio de un tiempo de transición de la humanidad. El argumento se desarrolla entre el fin de la cultura micénica y el comienzo de la civilización griega. Una Edad Oscura, un período en el que la escritura desaparece y el mundo retrocede avasallado por los llamados Pueblos del Mar y la irrupción de los dorios, bárbaros antepasados de espartanos y atenienses. Instalado en ese paréntesis tenebroso, de siglos, en el que previamente ha caído Troya y se han desmoronado los centros de poder como Micenas, Creta y el imperio Hitita, José Ferrer proyecta un sutil mensaje, acaso subliminal, de alerta ante el peligro de los nuevos bárbaros de hoy que, como entonces, atentan contra las conquistas políticas y sociales alcanzadas con tanta sangre y esfuerzo de nuestros antepasados.

Esa época, esa fase estéril del hombre, constituye una base de asiento del esqueleto de la novela, una de las dos ideas principales motivadoras del argumento. La otra es nada menos que la exposición del origen de Tartessos, que el autor, dejando de lado las fabulaciones sobre la Atlántida, Fenicia o las migraciones desde Cornualles, atribuye a la razonable hipótesis de que surgiera como colonia de Focea, basándose en la relación de amistad y alianza entre Jonia y dicha ciudad con el extremo suroriental de la península ibérica, más allá de las columnas de Hércules, y las concomitancias de lengua, fabricación de objetos de culto, como los «obeloi», o la veneración a diosas como Astarté, que no es más que la Hestia jónica.

En las páginas finales del libro, como comentario explicativo, el escritor ofrece una nota propia, para aclarar las posibles dudas que hayan podido surgirle al lector y por que tenga una visión de conjunto del trabajo realizado. Del mismo modo, añade las notas al texto que ha ido insertando mediante llamadas.

Situados, pues, en el entorno y circunstancias descritas, el relato comienza con un acontecimiento inquietante: una barca a la deriva llega a una isla frente a las costas de Ítaca, dominios del rey Zosimo, con un único viajero, inconsciente, al borde de la muerte y rodeado de su yelmo, escudo y espada de bronce. El suceso se torna aún más singular por cuanto el soberano viene padeciendo una insistente pesadilla en la que aparece un extranjero, que declara estar manchado con la sangre de Aquiles y que necesita la de Zosimo, además de su reino. El monarca, ante la posibilidad de que nauta y soñado sean la misma persona y se cumpla el negro vaticinio, toma la precaución de aislarlo en el templo de Hestia, bajo las órdenes y cuidados de Anhiade, la suma sacerdotisa, cuya ambición y ruindad sólo es comparable a la de Zosimo.

Pese a que el rey piensa matarlo, de todos modos, rey y sacerdotisa planean averiguar quién es, con el propósito de pedir por él un fuerte rescate. Para ello requieren los servicios del relator y escriba Adhnes ¾ protagonista y narrador en primera persona de la historia¾ , capaz de hablar varias lenguas.

Adhnes acude al templo que, a la vez, es la morada de las vírgenes consagradas a la diosa, entre las que se encuentra la bellísima Zora, de la que está secretamente enamorado el escribano. Casualmente, ella ha sido la encargada de velar, día y noche, por la salud del forastero, lo que permite que entablen conversación mientras el extranjero, quien dice llamarse Tjeker o «Nadie», en realidad Talos, delira agotado por los efectos de la fiebre.

Una mañana, a escondidas, aparece Zora en la cabaña de Adhnes para pedirle que dilate el mayor tiempo posible la suerte mortal que, irremediablemente, espera a Talos, con el fin de que el extraño se reponga y huya. Le ruega que haga uso de su inventiva para retrasar la decisión del rey, ya que él es relator, y le propone que, por cada día que sobreviva el náufrago, ella se le entregará, a cambio, una noche.

Con este recurso, el relato, en donde se engarzan historias de la Biblia, alcanza la textura de la narrativa oriental, estableciéndose un inmediato paralelismo con «Las Mil y Una Noches»; si bien, en lugar del binomio que supone Sherezade y el sultán Shariar, se instituye un trinomio ¾ en el que también interviene Homero, «El que camina en lo oscuro»¾ , con un objetivo más noble, por desinteresado, pues no se pretende salvar la propia vida, sino la del guerrero de las armas de bronce.

A todo este núcleo fundamental de personajes, hay que añadirle otros, secundarios, pero que favorecen el curso y la corporeidad, que podría tacharse de orgánica, de la novela, como Doreias, la anciana y sabia sacerdotisa que guarda celosa y secretamente las tablillas de escritura antigua, ahora perdida, con la esperanza de que alguien pueda comprenderla y el deseo de que sean defendidas en beneficio de las generaciones venideras; Kosmo y Acacio, fieles amigos de Adhnes o Adrienne y Cirylla, vírgenes compañeras de Zora, la primera de las cuales tiene el don de la adivinación onírica.

Debido a esta gracia especial, Adrienne predice la terrible e inminente invasión de los poderosas hordas de los Pueblos del Mar, que acabarán salvajemente con el ejército de Zosimo. Entre tanto, el grupo, formado por las tres jóvenes sacerdotisas, con Zora a la cabeza portando las tablillas, Adhnes, Homero, Kosmo y Acacio, escapa en plena batalla a bordo de la ligera nave de Theronidas, que les conducirá a Tartessos. Una vez allí, Adhnes, Homero y Kosmo visitarán la corte de Argantonio de donde, de nuevo, deberán huir.

Precisamente por tratarse de una narración que contiene amor, viajes, aventuras y acción, la novela evoluciona y muda necesariamente con las gentes, con la geografía, con el panorama, adquiriendo nuevos tintes que la dotan, a partir de un punto, del aroma de las viejas historias contadas por los marinos en las tabernas de los puertos. En ellas, como dice el personaje principal, se les da vida a imaginarias serpientes del fondo de los mares, ciudades de oro, tierras de gigantes y monstruos y otras fábulas con las que los lugareños, que nunca saldrían de su población, viajarían sometidos al viento de su imaginación.

José Ferrer nos hace entrega, con «Homero y los reinos del mar», de auténtica literatura, obsequiándonos con un final en sorprendente bucle.

En definitiva, una novela cuya lectura es un placer, porque invita a viajar con Homero por los senderos del agua y porque deja el sabor en las papilas, si el corazón y la mente las poseen, de las jugosas raíces del hombre mediterráneo, que es el de la mixtura de la historia con la fábula, porque aquélla, sin el mito, sólo es crónica, y éste, sin la historia, sólo fantasía. Una novela, en fin, que es un privilegio presentar.

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LEJOS DE ÍTACA

Antonio Enrique

En el centro de mira de la presente Homero y los reinos del mar (Vía Magna, Barcelona, 2009) está la devastación de Troya; es su hipocentro, su estructura invisible: Troya como uno de los referentes máximos de la civilización occidental. En una isla cercana a Ítaca, el cataclismo que supuso aquella devastación se hace sentir en la población y su templo dedicado a la diosa madre Hestia, mediante el detonante de la llegada de un náufrago. Tras la destrucción de la isla a manos de los pueblos errantes en el mar, condenados a la depredación y extorsión, un escriba Adhnes y una sacerdotisa Zora inician la ruta argumental de esta extensa cuanto recia novela, siempre bajo la piadosa mirada de un Homero cercano y coloquial que actúa como impulsor de la leyenda que él mismo creara casi quinientos años después de los acontecimientos. Tesis fundamental de la presente novela es la vinculación que se ofrece entre la cultura micénica y el reino de Tartessos, a donde conducen los desvaríos de la fortuna encarnados en los citados personajes, tras un periplo ciertamente espectacular, muy próximo en su técnica a las novelas bizantinas, pródigas en movimiento escénico y episodios insólitos. Es por lo que José Ferrer, su autor, ha debido conjuntar muy diferentes recursos para su artificio, recreación extraordinaria de los mundos remotos, la Antigüedad mítica, un territorio en el que se siente firme, tras la experiencia de novelas precedentes como La diosa de barro (2006) o Deo Óptimo Máximo (2007). Pero, ante todo, territorio de su predilección.
Fue, la devastación de Troya, el fin de un mundo; un cataclismo que arrastró tras sí una concepción cosmológica conocida como Edad de Oro. Homero mismo la evocó diciendo que por entonces los dioses convivían con los humanos. Tal vez por ello, y en consonancia con un mundo actual que se precipita hacia la incertidumbre, sea que han proliferado las novelas sobre Troya recientemente: contabilizo, casi al azar, El ciego de Quíos (1996) de Antonio Prieto, o Morir en Troya (2003) de Ángela Reyes, y fuera de nuestra fronteras, La canción de Troya (1998) de Colleen McCullough y Troya (2002) de Gisbert Haefs. No se parecen, claro está, a la que nos ocupa, entre otras razones porque ninguna de las mencionadas se asienta en el misterio de Tartessos, que al fin y a la postre es la razón de ser de Homero y los reinos del mar. José Ferrer, en este caso, no se limita a contar, a narrar una historia de naufragios y destrucciones, asedios y violencia sobre cuyos fuegos y rescoldos se asienta la pasión humana de dos seres perseguidos por el destino adverso, Adhnes y Zora. Hay un trasfondo, sin el cual la lectura de esta novela fuera prescindible, de no tratarse de lectores privativamente interesados por el tema. Ello es la reflexión sobre la cultura que renació de las cenizas de Troya siglos más tarde, la única cultura, la griega, cuyos orígenes sagrados no se fundamentan en el hecho religioso, y consiguientemente en la revelación divina, sino en la fabulación de un mundo paralelo al humano. Cabe adscribir a esta creencia la reconstrucción de la cultura cretense, tan ligada a la tartésica, y la consideración del carácter efímero de todo gran imperio, su transitoriedad y declive. El autor no se deja seducir, no obstante, por la leyenda: Tartessos es un dominio para cuya supervivencia se incurre en la injusticia y opresión. El poder, sobre el que implícitamente se medita a lo largo de estas quinientas páginas, implica siempre el mismo estrago para los mortales que ansían su libertad y dignidad personales.
Mantener la cohesión de tan extenso raudal narrativo muestra la maestría alcanzada por José Ferrer (Madrid, 1956). Es una prosa tranquila, sin sobresaltos ni efectos gratuitos. Graduando siempre, avanzando no sólo en proporción, sino en profundidad de ideas y sensaciones: avanzando en formación, si hubiésemos de apelar al lenguaje castrense. La novela se ilumina, cobra matices vigorosos en Tartessos, tanto por las circunstancias novedosas a las que nos somete, como por la aparición de personajes muy bien fraguados, tal el mercenario Galgano, que encabeza toda una galería de sugestivos secundarios. Y novela de mar, finalmente. Como su correlación con la Odisea pide lo que comenzara en son de Ilíada. Un mar donde nació la cultura, tal como la seguimos entendiendo milenios más tarde. El mundo, entonces, era virgen, y la imaginación norma de vida. Hesperia -al confín del Mediterráneo en el extremo opuesto a Micenas y Troya- dos territorios enfrentados, sur y norte. Como siempre ha sido. Un desenlace simbólico deja la novela abierta a nuevas incursiones del autor en la misma época y territorio.

Antonio Enrique Para El Faro de Motril -Pliegos de Alborán, 25/11/2009

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El Manifiesto – 17/11/2009

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Presentación en Granada – 18/11/2009

Intervención de Esteban de las Heras

Director del Aula de Formación de la Fundación Andaluza de la Prensa.

Ex subdirector de IDEAL

Él no lo sabe, pero le envidio desde hace muchos años, desde que comencé a leerlo. Me gustaría escribir como él, por supuesto, y por eso le envidio. Pero le envidio, además, por otras cosas. No sé si alguien de ustedes se acuerda de cuándo fue la última vez que nevó en Granada. Yo sí. Aunque no puedo precisar el año, sí puedo recrear la escena. Me encontraba en el Polígono de Asegra, a donde una mala gestión empresarial llevó las instalaciones del periódico granadino, y esperaba la colaboración semanal de José Ferrer; a mediodía me envió una columna preciosa, intimista, llena de lirismo sobre aquella nevada que él veía desde su ventanal: caían perezosos los copos de nieve, mientras él escuchaba música clásica y daba lentos sorbos a una copa de coñac. Una estampa de ensueño, de magia, de felicidad, de confort. Y yo estaba trabajando en aquella soledad y aquel destierro, más allá de Almanjayar. Desde entonces envidio su vida y su paso por la vida, porque allí me dio las claves de lo que hace falta para ser feliz, que no era precisamente estar en la rueda de los días distribuyendo espacios de páginas entre los redactores para formar el puzzle que cada jornada hacen los periódicos para encajar las noticias y los comentarios de actualidad.

A este José, que no llegó a ponerme los cuernos en mi última etapa en el periódico (esperó a que me marchara de IDEAL para pasarse a la competencia, que resultó agónica y al final, difunta), le envidio ahora que nos hace llegar esta novela; mejor dicho, le admiro, porque me ha hecho estar tres noches en vela devorando su libro. Y que conste que, aunque me apasiona la historia, tengo cierto recelo hacia esta moda que nos invade de novelas históricas, de los ‘Códigos da Vinci’, las ‘Biblias de barro’, ‘Los últimos Catones’ y la intemerata. Pero estamos ante un caso distinto.

José Ferrer ha resucitado a Homero y este hecho, por si solo, merece un reconocimiento de los lectores. He de confesar que, cuando comencé a leer ‘Homero y los Reinos del Mar’ me acordé de inmediato de mis tiempos de estudiante de Humanidades en el Seminario burgalés de San José, donde nos hacían aprender de memoria párrafos enteros de la Eneida y sentí renacer aquellos días lejanos en que Virgilio, en su libro segundo, ponía en boca de Eneas, ante la reina Dido, la tragedia de Troya y los últimos días de la patria de Héctor, Paris y Helena: ‘Conticuere omnes, intentique ora tenebant. Inde toro pater Eneas sib orsus ab alto: Infandus jubes me, regina, renovare dolorem…’

Nos relata José la epopeya de Homero, de Adhnes y de Zora que ven destruidas sus casas, sus templos, su patria, por la invasión de los Pueblos del Mar; su huída hasta Hesperia, hasta el reino de Argantonio, la traición de éste y su largo viaje de regreso hasta Quíos. Y esas más de 550 páginas, que en un principio me hicieron recelar de su interés, se fueron convirtiendo en una pócima, en un veneno que, cuando iba terminando su lectura, me dejaron un síndrome de abstinencia del que todavía no me he repuesto. La capacidad fabuladora del autor para recrear la vida en aquella primera edad media de la humanidad, de la que tenemos constancia (luego vendrían otras ‘edades medias’… ahora mismo creo que estamos atravesando igual periodo, si no en las letras sí en la política, en la sociedad de avanzada tecnología y al mismo tiempo ágrafa, en la enseñanza de plastilinas y titirimundis en detrimento del verdadero conocimiento, en las costumbres regidas por las prisas y no por el reposo, en la manera de enfocar nuestras vidas…); digo que esa capacidad de fabulación de la larga etapa oscura de la civilización occidental sólo la puede llevar a cabo un escritor de la valía de quien hoy nos acompaña en esta mesa.

No sé si es el momento ahora de referirnos a la figura de Galgano, el mercenario bastiano que ayuda a los protagonistas en su huída de la corte de Argantonio, pero sí quiero dejar constancia del apego que José Ferrer tiene con estas altas tierras del nordeste de la provincia. Y tampoco sé si es oportuno recordar que él escribió hace años un artículo sobre el asesinato de dos mujeres extranjeras en estas tierras, que ha quedado impune. Los bastetanos, querido José, tienen contigo una cuenta pendiente para que reconozcan tu preocupación por sus cosas y sus casos.

No he venido a desvelar su trama de tu libro, ni a comentar el simbolismo del mundo onírico; de los sueños en épocas oscuras; de los primeros relatos de la creación; del saber oculto que acarrea la bella Zora en su saco lleno de tablillas de arcilla; de este crucero por el Mediterráneo -esta nueva Odisea-, que nos hace navegar por las aguas inmensas y cercanas del viejo mar de Homero y de su héroe Ulises; de la crueldad y de la hermandad; de las patrias perdidas (todos tenemos patrias perdidas en los cuadernos de la niñez) y de las pasiones humanas. Ni para dar constancia de que esta novela es un alegato a favor de los perennnes sentimientos de la humanidad: la amistad, el coraje, la lealtad y el amor, todos ellos sujetos siempre a los dictados del destino y la ambición de los poderosos.

He venido a decir que tu libro ha conseguido subyugarme, me ha hecho soñar, viajar y emocionarme como pocos lo habían hecho hasta ahora. Y a decir ante todos ustedes que estamos ante un gran escritor y una excelente novela.

3 Respuestas a Entrevistas y reseñas

  1. María Pilar Queralt dice:

    Merecidísimos elogios a una novela excepcional. ¡Felicitaciones!

  2. Antonio Trujillo dice:

    Es una novela magnífica. Avanzo con lentitud, pero con placer, por sus páginas. Se agradece una novela para leer de verdad en horizontal. Palabra tras palabra, sentimiento tras sentimiento. Sobre todo en una época en que muchas novelas son leídas en “diagonal”. Una obra imprescindible para quienes saben gozar con las buenas historias.

  3. juan villa farres dice:

    Jose …………….te lo dire tal como lo siento
    LEER TUS LIBROS………….UN PLACER

    SER TU AMIGO…………….UN HONOR

    Joooooooooooo si tus libros gustan hasta a los que como yo ,leiamos normalmente, las novelas de Marcial Lafuente Estefania
    Joan tu “ex vecino”

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